El 1 de enero de 1804, Haití alcanzaba la independencia tras más de un década de lucha, contra uno de los mayores colonizadores del momento, Francia, y se consolidaba como el segundo país de América en hacerlo. A partir de allí, una permanente tendencia a la inestabilidad institucional dio lugar a más de dos golpes de Estado y numerosas intervenciones extranjeras. Sin embargo, su dependencia no solo es política sino también económica. En este sentido es menester preguntarse: ¿es por elección o por un contexto natural que lo fuerza?

¿Por qué se habla de inestabilidad política?

Para poder entender política y gubernamentalmente al Estado haitiano, es necesario hacer un breve repaso de su historia, sus múltiples y diferentes objetivos políticos, así como también los diferentes actores que influyeron y aún pesan en el juego institucional del país.

La revolución haitiana comenzó en 1791 y se tradujo en la declaración de independencia hacia 1804. Al momento de hablar de la independencia hay 3 figuras que son imprescindibles de nombrar: el sacerdote Boukman, cuya ceremonia el 14 de agosto se conoce como el primer acto de la revolución;  Toussaint Louverture por haber abolido la esclavitud y liderar el enfrentamiento hasta 1802 contra una coalición de ingleses, españoles y franceses, que buscaban evitar también que la revolución se expanda al resto de las colonias; y, finalmente, a Jean-Jacques Dessalines que logró vencer finalmente a las tropas extranjeras, se declaró emperador, y le puso el nombre de “Haití” (“tierra de montañas”) al territorio, que en aquel entonces era toda la isla. Sin embargo, las potencias mundiales no la reconocieron.

Haití era importante para las potencias europeas por el desarrollo y el boom de la caña de azúcar, la mano de obra esclava, y la poca resistencia de su población. Características que también los llevó a conquistar Centroamérica en general: Francia tomó posesión de dicho territorio alrededor del 1600, así como también de las islas al sureste de Puerto Rico. España había logrado establecerse en Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, e Inglaterra plantó su bandera en Jamaica, entre otros.

El sistema de clases y su organización política cambió radicalmente tras la independencia. El sistema de castas, que encabezaban los blancos europeos, se derrumbó frente al 95% de la población con antecedentes africanos. Aunque en el proceso revolucionario muchos de los blancos más pobres, que reclamaban mayores derechos, se sumaron al levantamiento, la mayoría fue asesinado. Tanto durante el proceso por los grupos más extremistas, como también posteriormente durante las masacres impulsadas por su nuevo emperador, Jacobo I. La tortura y la esclavitud perpetrada anteriormente dio lugar a una venganza que erradicó, casi en su totalidad, a los blancos en aquellas tierras. La revolución fijó una rivalidad de etnias, que no cesó con la independencia: dos años más tarde, los mulatos asesinaron a Jacobo I. La rivalidad que era entre “blancos y negros”, pasó a ser entre “negros y mulatos”. Haití se dividió en dos: al norte gobernado por un haitiano de piel negra, y al sur por un mulato. Hacia 1821, el territorio oriental se animó a declarar su independencia marcando el primer antecedente de lo que luego será República Dominicana. Posteriormente, en 1822 ambos territorios fueron reunificados, fijando la cuarta etapa gubernamental en tan solo 30 años. Tres años más tarde, y tras una serie de negociaciones, Francia aceptó finalmente su independencia. En 1844, la parte oriental se declaró finalmente independiente y se estableció bajo el nombre de República Dominicana, aunque Haití no cesó la lucha hasta 12 años más tarde.

A partir de la formación del país dominicano, Haití entró en una lucha interna por el liderazgo. Gobernaron cinco personas en seis años. Los grupos influyentes estaban sumamente divididos y extrapolados, y sus objetivos eran diversos: franceses, ingleses y estadounidenses que querían sacar provecho económico; el ejército; la elite mulata; y la mayoría de la población que no podía ser controlada. Todo esto bajo un ámbito marcado por la pobreza.

El siglo siguiente no fue tampoco una época de orden institucional, y las potencias extranjeras tomaron las riendas del país con el objetivo de encauzarlo (para sus propios intereses). Empezada la Primera Guerra, y el juego de influencias alrededor del mundo, Estados Unidos decidió la intervención. El dominio estadounidense logró imponerse hasta mediados de la década del ’30, respaldado por la elite mulata y los principales inversores. Aún así, el conflicto étnico estaba latente. Al finalizar la Segunda Guerra, dos golpes de Estado irrumpieron el orden haitiano, dando por finalizado casi 4 décadas sin grandes sobresaltos, pero tampoco con grandes libertades. Recién en 1950 logró asumir el primer presidente electo por voto universal, aunque el avasallamiento a la oposición no tardo en notarse, y su caída 6 años después fue brutal. Un nuevo desorden se apoderó del país bajo el desfile de personalidades militares y civiles en el trono presidencial.

Durante la década del ’60 fue François Duvalier la figura predominante, tras haber sido electo basándose en la mayoría negra y una publicidad en contra de la elite mulata. Duvalier, luego de tomar el poder, convocó a elecciones que tuvieron una característica especial: tuvo más de 1 millón de votos a favor y ninguno en contra. Posteriormente, y como nota característica de una impunidad política, se proclamó presidente vitalicio. Tras su muerte en 1971, su hijo continuó la sucesión y lo que venía siendo una verdadera dictadura: persecuciones políticas, silencio de las voces opositoras, control de los medios y de los accesos políticos, violencia civil, torturas y desapariciones, etc.

La década del ’80 no fue distinta para Haití respecto al resto de los países de Centroamérica y de Latinoamérica. En 1986 tuvo su vuelta a la democracia, y tras 30 años se logró elegir un presidente de forma “democrática”. La vuelta fue tan efímera como lo que duran tan solo 4 meses. Un nuevo golpe de Estado embarraba la situación político-institucional. En 1991 sucedió lo mismo: tras la elección de un presidente, 9 meses más tarde un golpe lo derrocaba. Sin embargo, en este último caso, la influencia principalmente de Estados Unidos (por necesitar alguien afín) hizo que en 1994 retornara. En 2004 un nuevo golpe hizo que la comunidad internacional presione y se involucre directamente. La “Misión de Estabilización de las Naciones Unidas” (MINUSTAH) desembarcó en aquel territorio para garantizar un nuevo proceso electoral. A partir de allí, los presidentes gozaron de cierto respaldo institucional frente a los golpes de Estado, pero no de la población en sí. Al no haber mejorado la economía, los distintos partidos se alternaron en el poder: “Organización del Pueblo en Lucha”, “Familia Lavalas”, “Frente de la Esperanza”, “Unidad Patriótica”, “Respuesta Campesina”, “Partido Haitiano Tét Kale”, y figuras independientes. A su vez, desde 2010 una gran parte de la población haitiana ha realizado manifestaciones contra MINUSTAH, acusándolos no solo de intervenir en su desarrollo político en pos de intereses ajenos, sino también de haber traído un brote de cólera trágico para la sociedad, en un contexto de extrema pobreza.

En resumen, el conflicto social y étnico que dio lugar a la independencia no acabó allí. En su lugar, se redefinió. La conflictividad fue impulsada por los distintos opositores para lograr el poder, y conservarlo el tiempo que sea posible imponiendo sus intereses, y no el de la población en general. Las influencias exteriores dieron lugar a la estabilidad en cuanto años en el poder, pero no le dieron desarrollo global al país, y sus intereses primaron ante todo. La estabilidad política de Haití dependió, y todavía lo hace, del respaldo extranjero, principalmente estadounidense. De esta forma llegamos a la Haití de hoy, que hace apenas una década no posee conflictos políticos de gran envergadura pero cuyo principal obstáculo fueron las diferentes catástrofes naturales que azotaron su infraestructura y economía: dos aspectos que no pudieron desarrollarse en sus 213 años de “independencia” por los permanentes conflictos políticos.

El dilema de tener un bajo nivel de desarrollo y catástrofes naturales.

A la hora de hablar de la economía de este país, hay que tener en cuenta todos los desafíos políticos que hubo en su historia y que prohibieron fijar la mirada en políticas económicas de mediano y largo plazo, y de su rol dentro de la región. Bien se sabe que es el país con menor PBI per cápita de toda América y, a su vez, el más pobre y con mayor desigualdad. La intención aquí radica en saber cómo se llegó a esto, qué momento atraviesa, y cuáles son los futuros escenarios respecto a su grado de dependencia en torno al desarrollo.

Durante el Siglo XVII, en plena ocupación francesa, con el boom de la caña de azúcar y del café, Haití brillaba por sus exportaciones. Destacaba por encima de muchas otras colonias europeas, y en Centroamérica era considerada la joya de Francia. Llegó a producir casi la mitad del café elaborado en todo el mundo. Como toda colonia europea, además del café y del azúcar, su economía producía también algodón y cacao, aunque en menor medida. La revolución cambió la forma de producción, desorganizó el sistema de exportación y alentó a los productores, que hasta entonces eran en su mayoría esclavos, a producir para sí mismos. Sumado al bloqueo económico de las potencias como una forma de reprimenda y de ahogo, la economía se desplomó. Durante todo el siglo XIX, el sistema de producción era casi en su totalidad individualista, con algunas exportaciones durante los pocos años de estabilidad política. Sin embargo, las diferencias políticas, étnicas y la separación e independencia de República Dominicana, no proporcionaron el contexto ni los intereses de generar políticas de forma macro. El siglo XX fue un poco mejor ya que durante los 20 años de intervención estadounidense, y su apoyo a los posteriores golpes de Estado y dictadores, la economía tuvo cierto rumbo. Aquí es bueno mencionar el estudio de Rocío Morales Álvarez, “La evolución del comercio exterior de Haití, 1915 – 1955”, que en dicho período identifica 3 fases:

  1. 1915 – 1928: crecimiento de las exportaciones e importaciones. Se toma 1915 como la fecha de intervención norteamericana y 1928 como el año anterior a la Gran Depresión.
  2. 1929 – 1940: estancamiento de los flujos de comercio, producto principalmente de la crisis económica, las nuevas inestabilidades políticas y la introducción de Estados Unidos a la Segunda Guerra.
  3. 1941 – 1955: recuperación y crecimiento, explicado principalmente por el interés de Estados Unidos de mantener a Haití de su lado frente a la guerra fría.

Fuentes: Elaboración del estudio de Rocío Morales Álvarez, “La evolución del comercio exterior de Haití, 1915 – 1955”, con base en datos oficiales. Saldo en la Balanza Comercial de Bienes de Haití, 1917 – 1955 (Dólares corrientes).

Una de las conclusiones del estudio indica cuáles fueron las claves del estancamiento económico haitiano durante este período: “el fraccionamiento que se produce en el sistema económico internacional, que si bien tenía su expresión más clara en el quebrantamiento del sistema monetario, también era evidente en las crecientes barreras arancelarias y no arancelarias que implementaron las potencias económicas con la finalidad de proteger tanto su industria, como su participación en el mercado mundial en una fase de muy lento crecimiento; y, estrechamente relacionada, la doble dependencia de las exportaciones de Haití: con respecto al café y al mercado francés, lo que hacía de Haití una economía doblemente vulnerable ante las decisiones de política económica y comercial de las grandes potencias (…). Ambos factores supusieron un alto costo a la economía haitiana, pues ambos supusieron, por un lado, una menor demanda de sus productos y, por el otro, el encarecimiento de los productos manufacturados que requería el país insular no sólo para impulsar el crecimiento económico, sino también para satisfacer las necesidades más básicas de la población”.

Durante la segunda parte del siglo, Haití comenzó a insertarse en el ámbito turístico como una forma de hacer ingresar dólares y de movilizar el mercado interno. Sin embargo, durante los últimos 20 años del siglo, la identificación de la sociedad haitiana con el VIH/SIDA impidió el pleno crecimiento en este sentido. A partir de los ’80, el país se sumó al movimiento de “liberalización de la economía” impulsado por Estados Unidos, a través del Banco Mundial y del FMI. Fue tal la impunidad con la que se procedió a utilizar a Haití, que el programa “US Aid” mencionaba dentro de sus objetivos “un cambio histórico hacia una mayor interdependencia de sus mercados con los de Estados Unidos”. La principal consecuencia de este programa, de sus exigencias, de la dependencia institucional de Duvalier con Estados Unidos, fue un empeoramiento de la calidad de vida de la población. El sistema productor se basó más en la exportación que en la producción interna, generando una insuficiente producción para el consumo interno. Los objetivos de aumentar el grado de eficiencia económica de esa época no iban de la mano con las medidas sociales. La alfabetización decreció, y aumentó tanto la pobreza, como la malnutrición y las enfermedades. Tan solo unos pocos se beneficiaron: los productores e inversores estadounidenses y los mayores productores haitianos que, en vez de utilizar el ingreso para el desarrollo del país, lo usaban para provecho propio fuera de éste.

En los ’90 la tendencia a desligar al Estado del mercado y la privatización de las empresas públicas también llegó aquí. Menos gasto público, acuerdos con el BID, Banco Mundial y FMI, no hicieron más que empeorar la economía. Se dejó de gastar en infraestructura básica y se aumentó la deuda pública, privada y externa de forma exorbitante. A su vez, luego del golpe del ’91 y hasta el ’94, Estados Unidos estableció sanciones económicas y bloqueo como forma de presión hasta la restauración de Arístide. En 2002 un nuevo acuerdo con el FMI por 32 millones de dólares le permitió pagar atrasos con el BID, y solicitarles nuevos préstamos alcanzando un total de 146 millones de dólares. La economía haitiana dependía necesariamente de dichos fondos y deuda. Durante los últimos 40 años el PBI per cápita decreció constantemente hasta alcanzar los niveles actuales.

Cuando las políticas económicas traídas desde afuera no funcionaban, la comunidad internacional era criticada por su extrema vigilancia al desarrollo de Haití, y los indicadores de pobreza, analfabetismo, salud y seguridad empeoraban año tras año, lo único que faltaba para el “Knock-Out” era una catástrofe natural. El 12 de enero del 2010 un terremoto de magnitud 7,0 en la escala Richter, con epicentro a 15km de la capital Puerto Príncipe, hizo estragos en la infraestructura haitiana. Veintiséis réplicas mayores a 4 puntos también castigaron al país.

Un año después, el primer ministro haitiano reconocería que aproximadamente 316 mil personas fallecieron y casi 350 mil fueron heridas. El número total de personas que se quedaron sin hogar fue espeluznante: más de un millón y medio (de una población de casi 11 millones de personas). Se estimó que un gran número de edificios públicos quedaron bajo ruinas; las comunicaciones en el corto plazo quedaron caídas; bomberos, hospitales, estaciones policiales, así como iglesias y cárceles cayeron. Sin duda fue una de las mayores catástrofes de los últimos dos siglos, por el nivel de daño causado. La ayuda internacional (empresas, gobiernos, organizaciones, y crowdfunding civil) no tardó en aparecer, tanto desde colaboraciones materiales como de personal a través del MINUSTAH y voluntarios, como también económicamente. Artistas internacionales re-versionaron “We are the world” escrita por Michael Jackson – Lionel Richie, utilizada anteriormente en 1985 con el fin de utilizar las donaciones para enfrentar la hambruna en Etiopía. La nueva versión tuvo más de 214 millones de visitas, aunque los ingresos generados todavía no fueron blanqueados. En 2014, el huracán “Matthew” también generó sus estragos, afectando a casi 2 millones de ciudadanos. En 2017, el huracán “Irma” volvió a causar daños, aunque de menor gravedad.

Todo esto significó que Haití tuviera que reconstruirse totalmente. Desde la infraestructura básica y de mediana complejidad como rutas y caminos, comunicaciones, servicios públicos, hasta la vuelta en marcha del sistema económico que gozó del beneficio de la condonación de toda la mayor parte de su deuda externa, luego del terremoto.

Conclusiones

Haití sin dudas es un país que depende de la ayuda internacional, tanto de quienes integran su misma región, como de aquellos extra-regionales. Principalmente de Estados Unidos y de la ONU, pero también de las potencias europeas, y hasta de Brasil y de Argentina como grandes colaboradores de la misión MINUSTAH. La respuesta a la pregunta sobre si esta dependencia fue elegida por los líderes haitianos, como por ejemplo el caso panameño o puertorriqueño (con sus diferencias), o si fue forzada por un contexto socio-político o económico no tiene una respuesta tan simple. Encontramos, dentro del análisis, diferentes etapas y formas de dependencia.

En primer lugar, Haití no tuvo grandes alternativas al momento de la intervención estadounidense en 1915. Aún así, los resultados de estabilidad y crecimiento, principalmente en infraestructura, durante los siguientes 20 años, les proporcionó cierta seguridad de que aquel podía ser un camino posible para el desarrollo. Sus líderes, surgidos por golpes de Estado, buscaron y aceptaron el apoyo norteamericano para consolidarse en el poder e imponer sus intereses por sobre el resto de los sectores sociales opositores. Dicho “apoyo”, no obstante, era una forma de tapar la verdadera intención estadounidense durante la Guerra Fría, que era tener su “patio trasero” resguardado. Por ende, quien quisiera gobernar Haití debía necesariamente tener el apoyo estadounidense. Terminada la guerra fría y en un mundo ya considerado multipolar, la intervención de la ONU fue aceptada en un principio tanto por la sociedad como por sus sectores gobernantes, y necesitadas en el contexto posterior al terremoto. Sin embargo, la aceptación general disminuyó drásticamente en esta última década. Sectores opositores, acompañados por gran parte de la sociedad, les adjudicaron violaciones, intervenciones deslegitimadas en la política, más de 30 mil muertos por el cólera, y uso de poder excesivo. Fue tan fuerte la presión realizada que, en octubre del 2017, la MINUSTAH oficializó el cese de la mayor parte de sus actividades, dejando en funciones ciertos grupos y a la MINUJUSTH (United Nations Mission for Justice Support in Haiti). Mezcla de dependencia forzosa y cierta pseudo-elección, o sentimiento de elección, encontramos así en el ámbito político desde su independencia.

En segundo lugar, y teniendo en cuenta la evolución y la forma del desempeño económico haitiano, está claro que la situación no puede levantar de forma autónoma. Con todo, esto no justifica los pésimos desempeños de los programas de los organismos financieros internacionales dentro de Haití, que no supieron adecuar sus exigencias y préstamos al contexto. La deficiencia funcional del sistema económico se remonta a los años de la independencia. Cambiaron su forma de producción y no lograron restablecer un camino claro, objetivos coherentes a mediano y largo plazo, ni su rol dentro de la región. Toda esta amalgama de situaciones, sumada a las catástrofes naturales, llevan a los datos de hoy en día: un 20% de su producción agropecuaria es destinada al consumo interno, lo que resulta insuficiente y se le suma que es altamente vulnerable a eventos naturales por la falta de tecnología e infraestructura; entre 60%-80% de la población bajo pobreza (según diferentes estudios); PBI per cápita más bajo del hemisferio occidental, ubicado en la posición 163/188 según ONU (hacia fines del 2016); una deuda externa que, tras ser perdonada en su totalidad post-2010, ya se elevó a cerca de 2 billones de dólares; aproximadamente el 20% de sus ingresos son por ayuda financiera internacional directa; bajos costos en la mano de obra, con un nivel de industrialización bajo; alta dependencia del no arancelamiento a sus exportaciones por parte de Estados Unidos; y pobres niveles de infraestructura en los servicios públicos como transportes, salud y seguridad (hasta principios del 2017 no tuvo ejército, principalmente por la presencia de MINUSTAH a cargo del ejército brasilero, y ahora fue revivido por la deslegitimación de la misión internacional). Por ende, en lo que respecta al ámbito económico, no hay casi elección por parte de Haití en el rumbo a tomar. Está librado a las decisiones de los organismos internacionales que exigen y condicionan, y a los pocos inversores que mantienen la economía en marcha. Se trata de una dependencia netamente forzada.

La incertidumbre respecto al futuro haitiano domina la escena. A corto plazo no hay indicadores ni escenarios que muestren una recuperación rápida ni una reconstrucción del sistema asegurada. La estabilidad política va a ser el factor determinante. Tras el cese de actividades del MINUSTAH, el ámbito académico se divide en dos: aquellos que creen que la situación podrá ser controlada por el gobierno haitiano; y aquellos que no creen que esto sea posible, y reivindican la misión internacional como lo imperante para el crecimiento económico. Los últimos 3 años Haití logró crecer apenas a un ritmo de 1,8% (PBI per cápita), lo que teniendo en cuenta el contexto y la ayuda brindada es realmente poco. Aún así y a este ritmo, en caso de no tener grandes sobresaltos podría ser que en 15 o 20 años podremos ver un país reconstruido, parcialmente sano, similar al resto de las islas centroamericanas. La estabilidad política y la no aparición de una nueva catástrofe natural podrían darle el rumbo necesario. En cuanto uno de estos dos factores no se cumpla, el futuro de Haití seguirá nublado.

Referencias:

¹ Actas de la Conferencia General, 29ª reunión en París. 1997. Resolución 29/C40 – Página 78/140.

Bibliografía: